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| La ultraderecha crispadora (PP) con la ayuda de la derecha extrema (Vox) |
Repartir culpas a partes iguales mientras la democracia se desmorona no es moderación; es un negocio redondo para blanquear al pirómano. Qué tierno resulta el mantra de que «todos son iguales», una falacia diseñada para mentes perezosas que no quieren mirar la hemeroteca.
Porque los datos son obstinados: la derecha española padece una alergia crónica a la legitimidad ajena cada vez que la izquierda gobierna. Desde 2019, su aportación al debate público no es proponer empleo, pensiones, vivienda, sanidad o educación sino berrear «okupas», «hijo de puta» e «ilegítimos». Una bellísima coreografía del ruido que persigue que el ciudadano hastiado se quede en casa.
Pero lo más grande, el genuino monumento al cinismo lo construyen esos tertulianos «neutrales», almas cándidas que equiparan con exquisita finura al fabricante industrial de bulos, de cuyos patrocinios dependen, con quien intenta gestionar. Esa cobardía mediática ya ha cobrado su peaje de sangre social: el Atlas de la Polarización confirma que cinco millones de españoles (un dramático 14 %) ya no se hablan con su familia o amigos por esta hostilidad. Seguir jugando a la imparcialidad ficticia ante este vector de demolición es ridículo. Señalar a la derecha con nombres y siglas no es sectarismo, sino una simple cuestión de higiene y rigor.

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