La psicología social lleva décadas tratando de responder. Investigaciones sobre la llamada “personalidad autoritaria”, desarrolladas tras la Segunda Guerra Mundial, mostraron que ciertos individuos tienden a someterse ciegamente a líderes fuertes y a mostrar agresividad contra quienes consideran diferentes o desviados, es decir, obediencia ciega, pensamiento rígido, desactivación de la empatía y desprecio por la debilidad. El fanatismo extremo reduce la capacidad de respuesta ante el sufrimiento ajeno. La violencia se legitima porque el enemigo se deshumaniza. Esta ideología divide el mundo entre “nosotros”, que no es más que el no a los otros, y “ellos” y, así, la empatía deja de aplicarse a quienes quedan fuera del grupo. Investigaciones en psicología política muestran que el tribalismo y la percepción de amenaza aumentan la hostilidad hacia los extraños y facilitan la aceptación de jerarquías duras y castigos severos.
Por eso el fascismo no debe entenderse únicamente como una ideología política, sino también como una dinámica social capaz de movilizar obediencia, conformismo, identificación grupal, miedo y deshumanización.
Cuando el pensamiento crítico se debilita, la propaganda convierte al adversario en una amenaza absoluta, mientras la pertenencia al grupo exige lealtad sin fisuras y presenta la violencia contra personas indefensas, incluso ancianos y niños, como un medio necesario para alcanzar un fin político. La tragedia está precisamente ahí: no hace falta dejar de saber que el otro sufre; basta con convencer a una sociedad de que ese sufrimiento ya no importa moralmente.
Esa es la verdadera maquinaria del autoritarismo.






