domingo, 11 de octubre de 2026

Cuando la bandera necesita chillar

 

¡VIVA ESPAÑA, COÑO!
¡VIVA ESPAÑA, COÑO!

Hay una paradoja psicológica humana: cuanto más necesita una identidad ser exhibida, más necesita ser confirmada. El patriotismo de pacotilla —ese de España siempre en la boca, la pulserita, la Kalinka cañí del «yo soy español», el berrido futbolero, el ¡Viva España! ante cualquier nimiedad…— esconde un vacío clínico fascinante. La psicología asocia la sobrecompensación con una profunda inseguridad. Quien necesita recordar su procedencia antes del café no sufre de exceso de amor patrio, sino de un pánico atroz a la insignificancia.
Vox, el PP y personajes como Marcos de Quinto operan aquí. La bandera, que debería representar a todos, termina convertida en frontera psicológica porque se blande como porra moral. Convierten el país en una selectividad identitaria donde ellos —«españoles de bien»— ponen la nota.
No hay seguridad tras el grito; hay miedo a que, si callan, alguien les pregunte qué piensan. Si necesitas gritar que eres algo para creértelo, no eres un patriota; eres un paciente necesitado de validación que usa el mapa como frontera psicológica. Tanta purpurina rojigualda solo tapa la grieta de un ego asustado que, sin ruido, queda desnudo.
Mucha «¡ESPAÑA, COÑO!», pero jamás se ponen del lado de los españoles de a pie.

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