domingo, 3 de mayo de 2026

La felicidad y la envidia

 

Dos personajes unidos por el odio y la envidia
Dos personajes unidos por el odio y la envidia

En España, el éxito ajeno no es un motor, sino una afrenta. Ocupamos un mediocre puesto 41 en el Informe Mundial de la Felicidad, y no por falta de recursos materiales —los países nórdicos, los más felices, echan de menos nuestro sol y nuestra vida en la calle—, sino por exceso de bilis. Nos sobra sol y nos falta grandeza para tolerar el brillo del vecino. Es el pecado nacional: una envidia castiza y vigilante que prefiere ver al otro hundido antes que prosperar uno mismo.
Y lo peor es que esa amargura impregna nuestra política de bajeza. Lo vemos en la frustración patológica de Feijóo y Abascal, incapaces de digerir que La Moncloa no se hereda por decreto; sus rabietas son el deporte nacional elevado a la enésima potencia. Como sentenció Unamuno: «¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!». El problema del país no es el paisaje, que invita a la felicidad, sino un paisanaje mezquino que prefiere vivir en la oscuridad con tal de apagar la luz del de enfrente. Somos una nación de resentidos que, en lugar de escalar, se dedica a cortar las cuerdas de quienes ya suben: un espectáculo bochornoso que nos condena a la infelicidad crónica.