domingo, 4 de octubre de 2026

Semillas del totalitarismo

La pasividad institucional ante el abuso de la fuerza no es neutralidad; es complicidad. Observar a militares y policías ensañarse con migrantes y ciudadanos indefensos, mientras una parte de la sociedad calla o justifica la agresión, evidencia una alarmante degradación moral. Si el ministro del Interior y la ministra de Defensa creen que callar ante la violencia institucional les otorgará inmunidad o estatus, se equivocan. Esta calaña no tiene lealtades; hoy aplasta al vulnerable, pero mañana irá a por el poder político.
Una democracia real exige un Estado de derecho inflexible. Es intolerable ver a antidisturbios golpear impunemente sin portar sus identificaciones numéricas obligatorias. Si los mandos policiales, militares y políticos amparan esta ilegalidad, prevarican y destruyen el orden constitucional desde dentro. Quien viste uniforme y viola los derechos humanos no es un agente de la ley, sino un criminal amparado por el Estado.
La tolerancia hacia el matonismo es el síntoma inequívoco de una comunidad alienada que camina ciega hacia el fascismo. Quien justifica la brutalidad, hoy, firma su sumisión para el mañana. Frente a la tiranía verde oliva o azul oscuro, el silencio es traición.

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