![]() |
| 45 años después, la duda sigue ahí |
En los documentos desclasificados sobre el 23-F, los propios militares implicados atribuyeron parte del fracaso a «haber dejado al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero». La expresión no es un exabrupto: es una confesión. “Caballero” no remite solo a la cortesía, sino a alguien honorable, previsible, fiel a su palabra. En suma, alguien en quien se puede confiar.
Al señalar ese supuesto error estratégico, los golpistas revelan algo más que torpeza: delatan una expectativa. Esperaban complicidad tácita o, al menos, una neutralidad benévola por parte del monarca. Su lamento sugiere desengaño, no sorpresa.
Pero la sombra en la noche de los transistores se alarga especialmente tras el discurso televisado. Al terminar, el rey se dirigió a Milans del Bosch con una frase que abre un abismo: «Después de esto, ya no puedo volverme atrás». La frase, lejos de disipar dudas, las concentra. ¿Dónde había estado hasta entonces? ¿Desde qué posición ya no podía retroceder? Si no podía “volver”, es porque hasta ese instante existía, al menos en teoría, un margen.
Persiste así la sombra: ¿fue la firmeza real una convicción democrática desde el primer minuto o el resultado de un cálculo, una espera prudente hasta comprobar la correlación de fuerzas? La ambivalencia de ciertos silencios —y la secuencia temporal de los gestos— alimenta la sospecha.
En cualquier caso, el golpe además de la derrota de los insurrectos, fue también la victoria del miedo. Inoculó en la sociedad y en el inminente gobierno socialista la conciencia de que la democracia era un préstamo, no un derecho, y que tenía los límites trazados con sable. Y esa pedagogía del temor, silenciosa pero eficaz, dejó una huella más duradera que los tanques en las calles.

No hay comentarios:
Publicar un comentario