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| Todos a una contra el fascismo |
La unidad de izquierdas no debe ser ni consigna romántica ni gesto simbólico, sino una respuesta estratégica ante un panorama político en el que la derecha extrema, blanqueada y asumida por el PP, avanza hacia postulados cada vez más autoritarios.
La división progresista resta escaños, desactiva la esperanza, confunde al electorado y deja el campo libre para que los discursos racistas, antifeministas y autoritarios se vendan bajo un falso barniz de “rebeldía” o “sentido común”, cuando no lo son. Frente a quienes pretenden demoler el Estado social, la izquierda no puede permitirse la introspección narcisista.
Construir una alianza amplia no implica diluir identidades ni renunciar a matices. Implica generosidad política e inteligencia estratégica. Se trata de entender que el bloque reaccionario se nutre de la atomización de sus adversarios. Por el contrario, una cooperación valiente multiplica el entusiasmo, devuelve la esperanza y blinda conquistas colectivas que tanto costó alcanzar.
Una candidatura unitaria tendría la fuerza de movilizar a quienes se sienten desencantados o resignados, ofreciendo un proyecto claro al avance reaccionario. El objetivo es nítido: ganar para impedir que el autoritarismo, disfrazado de gestión institucional, desmantele la convivencia. La historia es implacable en sus lecciones: solo la unidad consciente ha sido capaz de frenar las derivas que amenazan la libertad.
Es hora de que la política de los cuidados empiece a cuidar la herramienta que permite transformar la realidad: la unión.

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