![]() |
| Donald J. Trump, un auténtico fascista |
«Al volver de la escuela, los niños ya no encuentran a sus padres».
«No respetan a nadie: ancianos, niños, bebés, mujeres embarazadas, enfermos».
«A las familias las separan sin clemencia».
Lo que se observa hoy en barrios y calles de Minneapolis –y en muchas ciudades de EE. UU.–, confirman estas palabras: detenciones arbitrarias, miedo, silencio, angustia. Una violencia ejercida sin miradas, sin explicaciones. Todo está diseñado para destruir vínculos y sembrar el terror.
El despótico Donald Trump ha normalizado y alentado esta lógica deshumanizadora en la que los agentes del ICE siguen el patrón fascista: la elección de un orden jerárquico que ignora el sufrimiento humano y asfixia la compasión. Su identidad depende de la gloria del grupo y de la obediencia ciega. Quien no es aliado es una amenaza. La diversidad les genera ansiedad, el disenso les parece inmoral. Repiten consignas como “nos invaden” o “destruyen nuestra cultura”. Y, de este modo, la violencia se consagra como necesaria y justa, mientras el otro se desdibuja hasta perder su condición de persona para quedar reducido a un peligro.
Solo debo aclarar que el testimonio que da pie a este escrito no se gestó en Minneapolis en 2026; su verdadero eco retumbó en una espectral Ámsterdam sometida al terror nazi en 1943. Fue plasmado en su diario por una lúcida y vitalista niña de 14 años llamada Ana Frank.
Ahora el diario no es de papel, es el asfalto de Minnesota; la tinta ya no es negra, es el terror que recorre el Misisipi. Cambian los nombres y los uniformes, pero el horror es el mismo: el fascismo permanece intacto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario