miércoles, 6 de mayo de 2026

El abismo de los que no quieren ver

 

La estatua de Banksy en Waterloo Place
La estatua de Banksy en Waterloo Place

Junto a fríos bronces imperiales, en la quietud de Waterloo Place, Banksy ha erigido un espejo de nuestra propia decadencia: un hombre trajeado, con paso marcial y ademán decidido, avanza mientras la bandera que enarbola le tapa el rostro. Es la anatomía del patriotismo reaccionario: una marcha entusiasta hacia la nada, ejecutada por quien ha canjeado la visión por un trozo de tela; no ve más allá.
La obra desnuda al patriotismo de consigna. Ese hombre encorbatado, símbolo de la élite que teje el odio en sus despachos blindados, camina hacia el borde del pedestal. Un paso más y caerá al vacío. Banksy nos advierte que la ultraderecha global —esa que llama libertad a la sumisión mental— vende fronteras y pureza mientras practica la ceguera; invoca la identidad sólo para justificar la exclusión.
Es una alucinación voluntaria. Cubrirse los ojos con la enseña no es amar un país: es abdicar de la razón. El individuo pierde la humanidad y el sentido de la dirección. No hay futuro en una patria que exige no ver al otro. Es el triunfo de la identidad sobre la inteligencia: una caída libre disfrazada de desfile triunfal. El nacionalismo no es el camino; es el paredón que impide ver la realidad.

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